Mes 17 – Ana y la Odisea

Hola de nuevo. Os hablo desde mi escritorio, comiendo cheetos. No he escrito en el blog en tres meses, no porque necesitara espacio, ni tiempo, ni porque no pudiera. Ha sido porque no me ha dado la gana porque estaba de vacaciones.

Pero de vacaciones de estas de tocarte el potorro todo el día, levantarte a las 12, maldecir porque se te junta el desayuno con la hora de comer y se te hace tarde para echarte la siesta. Vacaciones de comilonas con amigos mientras el pollo se queda con los abuelos (benditos abuelos! desde aquí, un aplauso a los abuelos, por favor), de gin tonics que se alargan hasta que cae la noche y de escapadas de novios sin niños (vale, ha sido a  La Granja, pero cuenta como escapada también).

El verano empezó ligeramente accidentado: en julio tuve un congreso en Austin, TX. Que digo yo ¿quién coño monta un congreso en JULIO en la ciudad con la temperatura media más alta de Estados Unidos? Con lo bien que hubiéramos estado en Alaska o en Canadá.

Yo una mañana que salí de la Universidad para comprar champú en la farmacia que estaba a 30m.

Yo el día que intenté comprar champú en la farmacia, que estaba a 30m de la Universidad.

Como era la primera vez que dejaba al Pollo Terrorista (mi hijo se ha ganado a pulso el calificativo de terrorista, ya os lo iré comentando) tenía un plan: ir a las conferencias, hacer algún que otro contacto interesante para mi doctorado y dormir. Dormir mucho, profundamente, espatarradamente en una cama king mullida de hotel sin ruidos, ni llantos, ni ronquidos ni “ve tu, no ve tu, no ve tu”.

Ese era mi plan. El primer día fue estupendamente. Como salí pronto del congreso, me fui al cine yo sola a ver los cazafantasmas mientras me cenaba una ensaladica. Juro que fue la peli y la ensalada más disfrutada del mundo mundial. Sabían a eso, a libertad.

Pero el segundo día,… ay, quién me mandaría a mi enzarzarme en una discusión filosófica sobre si los diseñadores de videojuegos son artistas o no. Nos juntamos un grupico de 5  o 6 hablando, de la sala nos fuimos a comer, de comer a más charlas, y pum pim pam, una cosa llevó a la otra y zasca:

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Hala, liada

¿Dónde quedaron mis horas de sueño?

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Al día siguiente… más liada

¿Dónde estuvieron mis noches reparadoras de descanso?

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Y seguimos para bingo

Pues nada, que me lié y me lié y al final no dormí. Mientras tanto en mi casa… un pollo estaba a puntito de acabar con la paciencia de su padre, que claro, no está acostumbrado a convivir con bestias salvajes en estado de cautividad y con la mosca detrás de la oreja porque esa señora que le da de comer y le cambia la ropa llevaba sin aparecer una semana.

Marido, haciendo lo que podría

Marido, haciendo lo que podía

Todo iba viento en popa, cada uno en su sitio. La mamma de parranda y el progenitor capeando el temporal, cuando el día que me toca volver a Chicago recibo un mensaje de American Airlines: Su vuelo ha sido cancelado.

Estoooo, ¿perdona? Hola, es jueves, tengo que volver a casa porque MAÑANA TENGO LOS BILLETES PARA IR A ESPAÑA. Si, a mi casa que llevo ocho meses sin pisar. Ya sabía yo que el karma pasa factura y que no podía despendolarme sin pagar después las consecuencias.

Bueno, que no cunda el pánico, llamé a American, con tan buena suerte que me metieron en otro vuelo por la tarde noche. Así que me fuí tan pichi al aeropuerto a esperar. Y a esperar. Y a esperar. Porque Dios tuvo a bien mandar una tormenta ciclogénica a Chicago a la hora a la que despegaba mi nuevo vuelo. Y no podíamos despegar. 8 horas y dos donuts después, me confirman la noticia: el segundo vuelo también se ha cancelado.

Y ahora ¿qué puñetas hago yo? tenía que estar al día siguiente como muy tarde a las 12am en el aeropuerto de Chicago porque si no, perdía el vuelo a España. Sólo había un vuelo a las 6am, pero estaba lleno y no había manera humana, ni por mar, tierra o aire de llegar a mi ciudad.

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Yo en el momento en que me entero de que me cancelan el vuelo

Así que ideé un plan (que estaba abocado al fracaso): eran ya las 11 de la noche, me fui a un hotel del aeropuerto, me levanté a las 4am y me planté en el mostrador para esperar por si quedaba algún hueco libre en el vuelo de las 6, con tan buena suerte de que alguien se debió dormir y me dieron la plaza. ¡Vivaaaa, vivaaaaa, viva la gente que se duerme y pierde los aviones!.

Al final llegué a Chicago con 20 minutos exactos para recoger mi maleta, volver a entrar y correr dos terminales y tres controles para subirme a otro avión, esta vez rumbo a mi casa.

El resto es historia…

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