funambulista

Mes 23 – Quién dijo miedo, mami

Hace mucho mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana, había una muchacha que tenía un blog.

Ella estaba embarazada, una embarazada muy cansina que vivía la vida a tope: se duchaba todos los días, se alimentaba de comida de verdad y no de sobras, hacía deporte (mogollón de deporte), salía por ahí a restaurantes e incluso se cortaba periódicamente las uñas de los pies… vamos, una vida de lujos.

Entonces un día tuvo un pollo rubio. Que comía. Y cagaba. Y dormía. Y lloraba.

Tuvimos nuestros más y nuestros menos, adaptándonos los unos a los otros y capeábamos el temporal como podíamos. La vida transcurría de forma más o menos tranquila en nuestra rutina diaria. Incluso escribía de vez en cuando en el blog contando mil y una tontunas.

Hasta que el pollo empezó a andar. Y empezó a hablar. Entonces perdió el “mojo”. Ya no hacía de reír con sus aventuras porque se le fundió el cerebro y el sentido del humor. Ya no tenía tiempo de escribir en su blog porque estaba muy ocupada corriendo detrás del mochuelo para que no se esnucara.

Yo creo que hay niños y niños. Están los niños tranquilos, que les das dos palos y juegan media hora. Tu máxima preocupación con esos niños es que 1) los palos sean suficientemente largos, para que sus pequeñas manitas prénsiles puedan agarrarlos bien, y así garantizar el desarrollo de su psicomotricidad fina y fomentar su creatividad y 2) que el pan de espelta que le das de comer no se te queme en el horno mientras mueres de amor viendo a tu hijo jugar con los palos.

Luego está mi hijo, que por razones de supervivencia (suya y de otros niños) no se le puede dejar un palo en la mano ni de culo. Podría enumerar una lista de 23 actividades peligrosas que he visto hacer a Pollo con un palo como intentar tirarse del tobogán de cabeza con el palo pegado a un ojo o intentar meterle en la cinturilla del pantalón el dichoso palo a otro niño (pero qué puñetas querría hacer???).

Podríamos decir que mi hijo es más de los que come salchichas campofrío, juega con el iPad y está a un tris de que le compre una correa de esas como a los perros, que yo, ignorante de mi, veía a los padres que llevaban así a sus hijos y pensaba “míralos, esto está fatal, llevar ahí al pobre niño atao como si fuera un animal. Qué poca vergüenza”. Ja. Ja. Ja. Pues mira tú por dónde que ahora no me parece tan mala idea.

El otro día en el chat de madres, una amiga enseñaba como su marido y su hijo de la misma edad que Pollo preparaban la cena y estaban cortando tranquilamente sus verduritas. Dios del amor hermoso! Resulta que hay niños que pueden estar cerca de un cuchillo sin que se les ocurra cogerlo y pinchar cosas, así, indiscriminadamente. Si llega a ser mi hijo recreamos la matanza de Texas en la cocina de mi casa. Que luego no veas tu qué follón para limpiarlo todo de sangre. Que se va muy mal de la ropa.

Otra de las cosas que es harto complicado es realizar actividades cotidianas normales como puede ser ducharse o poner una lavadora. por lo visto es una queja común en todas las madres, porque claro, mientras tú pones las bragas a lavar, va tu hijo, te abre un cajón y te saca la ropa.

En mi casa la cosa va así:

Yo.- “Cariño, voy a poner una lavadora. Te quedas aquí tranquilito leyendo tu libro y jugando con tus puzzles”

Pollo.- “Shiii mama” (Ahora solo dice “Shiii mama” , “All right!” y “Dame maíz”).

Yo.- Me voy con la mosca detrás de la oreja porque ha sido demasiado fácil alejarme

Silencio

Más silencio

Yo.- “Aquí está pasando algo fijo”

Y efectivamente. Cuando vuelvo a la habitación me encuentro que ha hecho una torre con sus bloques gigantes en el pollete de la ventana, ha trepado por ella y está el niño a unos dos metros del suelo sobre una mierda-estructura endeble mientras intenta abrir la ventana del cuarto, cosa que da mucho miedo porque vivo en un rascacielos.

Niño aquí subido. Todo muy normal

Recreación de los hechos. Niño aquí subido. Todo muy normal

Cuando tú ves eso, primero, te da un microinfarto. Después cuando te repones, una de dos: o corres para coger al vuelo al mochuelo o bien, como hice yo, te vas acercando muuuy despacio, como si hubieras visto a un gorila en Tanzania mientras caminas sola por la selva. Y le vas hablando leeentamente: “ma ma te va a co ger. No te mu e vas”. Así evitas que la hostia caída sea mayor. Porque cuando asustas a un animal se descontrola.

Así que como quiero seguir teniendo niño he optado por no dejarlo solo, porque el primer deber de un padre no es educarlo, el primer deber es mantener a su mochuelo con vida.

Muchos de vosotros pensaréis “Esta muchacha, qué exagerada. Si aplicara el método [cualquier método de esos modernos de ahora que van muy bien para los niños que se entretienen con palos] seguro que no tendría un hijo maleducao”.

Pero es que ese no es el problema. Mi hijo no es un maleducao. Dice “plis”, “thank you”, es cariñoso, te partes con él, es de un espabilao que da miedo y es obediente, hace caso de lo que le dices. El problema es que él tiene que experimentarlo todo y por lo que sea, parece que ni conoce lo que es el miedo ni el jodío tiene filtro.

Tengo que empezar a asumir que de mayor va a ser alimentador de tiburones, domador de tigres, desactivador de explosivos o como el señor ese que se dedica a andar por una cuerda de un edificio a otro sin red, ni arnés, ni nada. Que ahora que lo pienso, tampoco está tan mal. Por lo menos así se hace famoso y nos saca de pobres.

Mira mamá! Sin manos!

Mira mamá! Sin manos!

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